26 de febr. 2011
25 de febr. 2011
Algo bonito para desquitarnos de lo de antes
Kevin vive en la ciudad de Traverse City, Michigan, cerca del Lago Superior. De vez en cuando se pasea por sus riberas con su mujer y su perro. Con las piedras más chulas hace estas lamparitas y otros objetos y los vende en Etsy, el portal de los artesanos de todo el nundo: un sitio para comprar piezas únicas hechas a mano por gente cuidadosa y dedicada. A mí me gusta mucho.
Este es el link:
http://www.etsy.com/shop/rockinkaye?section_id=6616515
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24 de febr. 2011
Álvaro de Laiglesia
El humor, la cocina, lo mismo que la moda y la costura son formas de arte que mejoran y embellencen el día a día. Un buen plato de suculentas croquetas es más importante en nuestra vida cotidiana que una catedral gótica -a no ser que vivas en alguna ciudad donde no las hayan derribado y pases cuatro veces por delante de sus arbotantes y para ir a la escuela-.
¡Me he reído tanto con Alvaro de Laiglesi! Sus títulos son fenomenales y su prosa, ágil e ingeniosa, roza la genialidad de Jardiel o Woodehouse. Durante algún tiempo los libros de Alvaro estaban carísimos en la segunda mano, posteriormente bajaron algo. Como su bibliografía es tan prolífica, cuesta completar la colección aunque tengo la suerte de haber heredado bastantes de mi madre.
Unos cuantos links:
http://www.ciberniz.com/alvaro.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81lvaro_de_Laiglesia
http://www.imdb.com/name/nm0407068/
http://www.bookfinder.com/author/alvaro-de-laiglesia/
http://www.sabidurias.com/autor/alvaro-de-la-iglesia/es/1738
Y esto es un escrito de Oscar Wilde -no sé si es una de sus conferencias norteamericanas- donde defiende al artesano como creador de belleza: http://www.online-literature.com/wilde/2312/
Ironía Posmoderna
Me pide Iñigo López Palacios unas declaraciones sobre la ironía posmoderna para un artículo y me manda unas preguntas. Como las preguntas me obligan a pensar un poco para contextualizar algunas ideas escurridizas y me toma bastante tiempo, voy a subirlo al blogspot para que no se pierdan.
¿Hay algún tipo de idea detrás de esto? ¿Alguna razón? ¿Hay algún tipo de protesta en disfrutar sesudamente de un producto de cultura basura?
Mi reivindicación de la música y la cultura popular obedece a una simple razón: existe una calidad y una riqueza de contenido indiscutibles en los tebeos y comics, las series de televisión, la música de baile, el cabaret y la canción sentimental, lo mismo que en la literatura de evasión, el cine de entretenimiento, etc. Los medios tienen tendencia a despreciar lo que es extremadamente popular. Es un problema freudiano individual de cada crítico y cada periodista concreto que tal vez necesita autoafirmarse despreciando lo que gusta al gran público. La cultura académica es mucho más objetiva que ellos y el estudio, la conservación y el análisis de la cultura popular es una tarea seria y concienzuda en las ciencias sociales desde hace mucho tiempo.
¿No hay un punto de crueldad en el disfrute de estas cosas? ¿No se está uno riendo de seres que hacen el ridículo sin que ellos lo sepan?
Eso es otra cosa: el éxito de personajes que se han hecho populares sólo por el hecho de que está permitido burlarse de ellos. No tiene que ver con la valía a veces menospreciada de lo popular.
Aquí hay crueldad y más cosas. Parte de ello es un problema freudiano: gente insegura por las continuas crisis de la escala de valores, por su propia falta de criterio y de formación y descontenta con el curso de sus propias vidas y de sus propios físicos que desarrollan la seguridad en sí mismos en el hecho de poder burlarse de los que son oficialmente más paletos, ignorantes y feos que ellos. Igual que antes se burlaban del tonto del pueblo.
¿Existe la cultura basura?
Los criterios de valoración son muy subjetivos, pero si es basura, es basura.
En los medios se ha querido confundir cultura con espectáculo. Dentro del mundo del espectáculo puede ocurrir que algo de poco valor artístico y facilón funcione perfectamente como entretenimiento.
Lo que sería cultura es el estudio sociológico, antropológico, etc. de esa basura, de, por ejemplo, los espectáculos chabacanos, de cómo y dónde surgen, por qué hacen reír…
¿Hay una diferencia con la alta cultura? O, quizás mejor ¿Hay una baja cultura pop, y una alta cultura pop?
Supongo que cuando dices alta cultura pop te refieres a los Bob Dylan, U2 y otros productos de supuesta calidad, aceptados y ensalzados por los profesionales de los medios de comunicación que se arrogan la función de críticos. Según este criterio, baja cultura pop serían Abba y el festival de Eurovisión. Pero no se trata de una valoración artística, sino de una identificación moral, de militancia tribal y una necesidad de autoafirmación personal. Para el melómano amante de la música clásica, una canción ganadora de Eurovisión como “Merci Cheri” -1966, Austria, Udo Jürgens- tiene influencias chopinianas y cultas y es más rica y tiene más calidad que toda la obra de Dylan cuya su emisión de voz nasal les desagrada y cuya pobreza de recursos les aburre. En cambio, para un crítico de rock el mero hecho de haber ganado la Eurovisión sirve para descalificarla automáticamente sin prestar la más mínima atención a sus valores musicales. Consideran que les gustan Dylan o U2 porque se identifican con ellos y/o se proyectan en el rol social que dichos cantantes han asumido o se les ha otorgado.
La mayor parte de mi trabajo como comentarista musical –muchas veces mal entendido como mera boutade after-punk- ha ido encaminado a denunciar la falta de calidad de muchos representantes de la cultura pop más respetada y las razones exclusivamente publicitarias de dicha consideración frente a la calidad musical indiscutible de otros artistas y obras menos valorados según la escala de valores privada de las autoridades mediáticas –y repito: basada sólo en apreciaciones tribales, sicológicas y morales. Esta búsqueda de la calidad objetiva me sirvió para ser la primera persona que reivindicó a Scott Walker, Michael Jackson, Madonna, Chér, el Elvis de Las Vegas, José Alfredo Jiménez, Chabuca Granda, la música de discoteca, el cabaret, discos como What’s Goin’ on o Pet Sounds y movimientos como el hip hop que eran despreciados por el establishment de la crítica musical y no se tomaban en serio.
¿Cuál es tu debilidad y por qué?
No me gusta la basura. Me gustan, me entretienen y me emocionan muchas cosas que son populares, tradicionales y/o sencillas, pero lo vulgar, lo chapucero y lo mal hecho me desagrada aunque pueda interesarme profesionalmente. Nunca me he reído del tonto del pueblo.
Pero si lo que quieres es que te cuente un secreto, me encantan las películas de animación infantiles como Nemo, Ratatouille y Up, pero creo que es obvio insistir en la calidad que poseen.
Y también me gustaría que me dijeras tu opinión sobre los siguientes fenómenos pop (si los controlas, claro).
No tengo ningún miedo a decir que mucha literatura de entretenimiento es mejor que muchas novelas de premios Nobeles, etc., que el cine de Hollywood me gusta más que el cine de autor y que la música de Abba es más rica que la de U2. Sigo infinidad de series televisivas (desgraciadamente los shows de variedades han desaparecido de la programación) pero no he hecho caso de la mayor parte de cosas que nombras. Te diré que OT me parece una excelente producción televisiva (algo quemada en 2011) y Hola! me parece –a diferencia de otras revistas de cotilleos- una publicación bastante correcta con buenas fotos, buena maquetación e incluso cierto respeto hacia los famosos y los lectores.
23 de febr. 2011
Maître Zacharius V
Maître Zacharius ou l’horloger
qui avait perdu son âme
qui avait perdu son âme
TRADITION GENEVOISE
par
par
Jules VERNE
V
L’HEURE DE LA MORT
L’HEURE DE LA MORT
Quelques jours s’écoulèrent encore, et maître Zacharius, cet homme presque mort, se releva de son lit et revint à la vie par une surexcitation surnaturelle. Il vivait d’orgueil. Mais Gérande ne s’y trompa pas : le corps et l’âme de son père étaient à jamais perdus. On le vit occupé à rassembler ses dernières ressources, sans prendre souci des siens ; il dépensait une énergie et une rapidité incroyables ; marchant, furetant, brocantant et marmottant de mystérieuses paroles.
Un matin, Gérande descendit à son atelier ; maître Zacharius n’y était pas. Pendant toute cette journée, elle l’attendit. maître Zacharius ne revint pas. Gérande pleura toutes les larmes de ses yeux pendant cette absence, et ses larmes tarirent, car son père ne reparut pas. Aubert parcourut la ville et acquit la triste certitude que le vieillard l’avait quittée.
« Suivons, suivons mon père, s’écria Gérande, quand le jeune ouvrier lui rapporta ces douloureuses nouvelles.
– Où peut-il être ? » se demanda Aubert.
Une inspiration illumina soudain son esprit ; les dernières paroles de maître Zacharius lui revinrent à la mémoire... L’horloger ne vivait plus que dans cette vieille horloge de fer : on ne la lui avait pas rendue !... Maître Zacharius devait s’être mis à sa recherche.
Aubert communiqua ces pensées à Gérande.
« Voyons le livre de mon père », lui répondit-elle.
Tous deux allèrent à l’atelier... Le livre était ouvert sur l’établi. Toutes les livraisons faites par l’horloger, et qui lui étaient revenues par suite de leur accident, étaient effacées d’une main tremblante, toutes, excepté celle-ci :
« Vendu au seigneur Pittonaccio une horloge en fer, à sonnerie et à personnages mouvants, déposée en son château d’Andernatt, au milieu des Dents-du-Midi. »
C’était cette horloge morale dont la vieille Scholastique avait parlé tant de fois et avec tant d’éloges.
« Mon père est là ! s’écria Gérande.
– Courons-y, ma pauvre fiancée, répondit Aubert ; nous pouvons le sauver encore !...
– Non pas pour cette vie, murmura Gérande, mais au moins pour l’autre.
– À la grâce de Dieu, Gérande ; ces Dents-du-Midi sont des pics incultes situés à une vingtaine d’heures de Genève, et nous y arriverons... »
Ce soir-là même, Aubert et Gérande, suivis de leur vieille servante, cheminaient à pied sur la route qui côtoie le lac de Genève. Ils firent cinq lieues dans la nuit, ne s’étant arrêtés ni à Suez, ni à Thonon, ni à Hermance ; ils traversèrent à gué et non sans peine le torrent de la Drance ; en tous lieux ils s’inquiétaient de Zacharius, et eurent bientôt la certitude qu’ils marchaient sur ses traces.
Le lendemain, à la chute du jour, ils atteignirent Évian, d’où la côte de la Suisse se développe aux regards sur une étendue de douze lieues ; mais les deux fiancés n’aperçurent ces sites enchanteurs qu’à travers le brouillard de leur tristesse. Ils se soutenaient par une force surnaturelle ; Aubert, appuyé sur un bâton noueux, offrait tantôt son bras à Gérande et tantôt à la vieille Scholastique, puisant dans son coeur une suprême énergie pour soutenir ses faibles compagnes. Ils parlaient de leurs douleurs, de leurs rares espérances, et suivaient ainsi cette belle route à fleur d’eau, prolongée au pied de ce plateau rétréci, qui relie les bords du lac aux hautes montagnes du Chalais. Bientôt ils atteignirent Bouveret, à l’endroit où le Rhône entre dans le lac de Genève.
À partir de cette ville, la direction de leur poursuite les entraîna loin du lac, et leur fatigue s’accrut au milieu de cette végétation aride. Vouvray, Vionnaz, Murey, villages à demi perdus, demeurèrent bientôt derrière eux. Cependant, leurs genoux fléchirent, leurs pieds se déchirèrent à ces crêtes aiguës qui hérissaient le sol comme des broussailles de granit ; mais le vieillard semblait fuir devant eux. Il fallait le retrouver pourtant, et ils ne demandèrent le repos et l’hospitalité ni à ces bourgades isolées, ni au château de Monthey, qui, avec ses dépendances, forma l’apanage de Marguerite de Savoie, femme du comte Herman de Kybourg ; enfin, vers la fin de cette journée, ils parvinrent, presque mourants, à l’ermitage de Notre-Dame du Sex, situé à la base de la Dent-du-Midi, et néanmoins élevé à six cents pieds au-dessus du Rhône.
L’ermite les reçut tous trois à la tombée de la nuit ; les malheureux n’auraient pu faire un pas en avant, et là, du moins, avec quelques réconforts de la vie matérielle, ils purent encore recevoir les espérances de la religion.
L’ermite ne leur donna aucune nouvelle de maître Zacharius ; à peine pouvait-on espérer le retrouver vivant au sein de ces mornes solitudes. La nuit était profonde, l’ouragan sifflait dans la montagne, et les avalanches oscillaient sur le sommet des rocs ébranlés.
Les deux fiancés, accroupis devant le foyer de l’ermite, lui racontaient cette douloureuse histoire. Leurs vêtements, imprégnés par la neige, séchaient dans quelque coin obscur, et le chien, au-dehors, poussait de lugubres aboiements qui, mêlés avec la rafale, composaient des harmonies étranges.
« L’orgueil, dit l’ermite à ses hôtes, a perdu un ange créé pour le bien ; c’est la pierre d’achoppement où se heurtent les destinées de l’homme ; à l’orgueil, ce principe de tous vices, on ne peut opposer aucun raisonnement, puisque, par sa nature même, l’orgueilleux se refuse à les entendre... Il n’y a donc plus qu’à prier pour lui. »
Tous quatre s’agenouillaient, quand les aboiements du chien redoublèrent, et l’on heurta à la porte de l’ermitage.
« Ouvrez, au nom du diable ! s’écria-t-on ; ouvrez au nom de Dieu ! »
La porte céda sous de violents efforts, et il apparut un homme échevelé, hagard, à peine vêtu.
« Mon père ! » s’écria Gérande.
C’était en effet maître Zacharius.
« Où suis-je ? fit-il ; dans l’éternité ?... Le temps est fini... les heures ne sonnent plus... les aiguilles s’arrêtent !
– Mon père ! reprit Gérande avec une si déchirante émotion, que le vieillard sembla revenir au monde des vivants.
– Toi ici, ma Gérande ! s’écria-t-il, et toi, Aubert !... Ah ! mes joils fiancés, vous venez vous marier à notre vieille église !
– Mon père, dit Gérande en le saisissant par le bras, revenez à votre maison de Genève, revenez avec nous ! »
Le vieillard échappa à son étreinte et revint vers la porte, sur le seuil de laquelle la neige entassait déjà des glaçons.
« N’abandonnez pas vos enfants ! dit Aubert.
– Pourquoi, répondit tristement le vieil horloger, pourquoi retourner à ces lieux qu’a déjà quittés ma vie, et où une partie de moi-même est à jamais enterrée ?
– Votre âme n’est pas morte ! lui répondit l’ermite d’une voix grave.
– Retenez-le ! retenez mon père ! » s’écria Gérande.
Mais le vieillard avait franchi le seuil et s’était élancé à travers la nuit et la neige en criant :
« À moi ! à moi, mon âme !... »
Gérande, Aubert et Scholastique se précipitèrent sur ses pas ; ils marchèrent par d’impraticables sentiers ; maître Zacharius allait comme l’ouragan, poussé par une force irrésistible. La neige tourbillonnait autour d’eux et mêlait ses flocons blancs à l’écume des torrents.
En passant devant la chapelle de Véroliez, élevée en mémoire du massacre de la légion thébaine, Gérande, Aubert et Scholastique se signèrent précipitamment : maître Zacharius ne se découvrit pas.
« Mon âme !... Oh ! non... ses rouages sont bons !... Je la sens battre à temps égaux...
– Votre âme est immatérielle ! votre âme est immortelle ! dit l’ermite avec force.
– Oui, comme ma gloire !... Mais elle est enfermée au château d’Andernatt, et je veux la ravoir ! »
L’ermite se signa ; Scholastique était presque inanimée ; Aubert soutenait Gérande dans ses bras.
« Le château d’Andernatt est habité par un damné, reprit l’ermite avec terreur, un damné qui ne salue pas la croix de mon ermitage.
– Mon père ! n’y va pas !
– Je veux mon âme ! mon âme est à moi !... »
Enfin le village d’Évionnaz apparut au milieu de cette plaine inculte et dévastée ; le coeur le plus endurci se serait violemment ému en voyant cette bourgade, construite sur l’emplacement de l’ancienne ville d’Épauna, non pas endormie, mais évanouie dans ces mélancoliques solitudes. Le vieillard passa outre ; il se dirigea vers la gauche ; il gravit les plus hauts sommets des Dents-du-Midi, montagnes d’une aridité désespérante, qui mordent le ciel de leurs pics aigus... Bientôt une ruine, vieille et sombre comme les rocs de sa base, se dressa devant lui.
« C’est là ! là !... » s’écria-t-il en précipitant de nouveau sa course effrénée.
Le château d’Andernatt, à cette époque, n’offrait déjà plus que des ruines ; une tour épaisse, usée, tremblante, déchiquetée, le dominait d’une façon terrible et semblait menacer de sa chute éternelle les vieux pignons de Germanie qui se dressaient à ses pieds. Ces vastes amoncellements de pierres faisaient mal à voir ; on pressentait, au milieu des encombrements, des salles dévastées, des plafonds effondrés et d’immondes réceptacles à lézards et à vipères ; là devaient s’étaler ces cours silencieuses qui ressemblent à des cimetières profanés, où les bruits insolites crépitent à la nuit tombante et se mêlent à cette brume nauséabonde qui tombe des voûtes séculaires.
Une poterne, étroite et basse, s’ouvrant sur un fossé rempli de décombres, donnait accès dans le château d’Andernatt. Quels habitants des mondes mystérieux avaient passé par là ? On ne sait. Sans doute, quelque margrave, moitié brigand, moitié seigneur, séjourna dans cette habitation ; au margrave succédèrent les bandits ou les faux monnayeurs, écartelés, brûlés, pendus sur le théâtre de leur crime ; et sans doute, par les lunes d’hiver, Satan venait conduire ses sarabandes traditionnelles sur le penchant des gorges profondes, où s’engloutissait l’ombre gigantesque de ces ruines !
Maître Zacharius ne fut point épouvanté de cet aspect sinistre ; il parvint à la poterne, toujours suivi de ces malheureux compagnons. Personne ne l’empêcha de passer ; une grande et ténébreuse cour s’offrit à ses yeux ; personne ne l’empêcha de la traverser. Il gravit une sorte de plan incliné qui conduisait à l’un de ces longs corridors, dont les arceaux romans semblent écraser le jour sous leurs pesantes retombées. Personne ne s’opposa à son passage à travers ces interminables galeries, où des formes indistinctes rôdaient par les nuits d’orage.
Maître Zacharius, guidé par une force inconnue, semblait sûr de son chemin, il marchait d’un pas rapide. Il arriva à une vieille porte vermoulue qui s’ébranla sous sa main, tandis que les chouettes et les chauves-souris traçaient d’obliques cercles autour de sa tête. Une salle immense, mieux conservée que les autres, se présenta à lui ; de hauts panneaux sculptés en revêtaient les murs, sur lesquels les larves, les goules, les tarasques semblaient s’agiter confusément ; quelques fenêtres, longues et étroites, pareilles à des meurtrières, frissonnaient sous les décharges de la tempête.
Maître Zacharius, arrivé au milieu de cette salle, poussa soudain un cri de joie.
Sur un support en fer accolé à la muraille reposait cette horloge où résidait sa vie tout entière ; elle représentait une vieille église romane, avec ses contreforts en fer forgé et son lourd clocher, où se trouvait une sonnerie complète pour l’antienne du jour, l’angélus, la messe, les vêpres, complies et salut. Au-dessus de la porte de l’église, qui s’ouvrait à l’heure des offices, était creusée une rosace au centre de laquelle se mouvaient deux aiguilles, et dont l’archivolte reproduisait les douze heures du cadran sculptées en relief ; c’était un chef-d’oeuvre sans égal. Entre la porte et la rosace, ainsi que l’avait raconté la vieille Scholastique, une maxime relative à l’emploi de chaque instant de la journée apparaissait dans un cadre de cuivre. Maître Zacharius avait autrefois réglé cette succession de devises avec une sollicitude toute chrétienne ; les heures de prière, de travail, de repas, d’affection de famille, de récréation et de repos se suivaient, selon la discipline religieuse, et devaient infailliblement faire le salut d’un observateur exact de leurs recommandations.
Maître Zacharius, ivre de joie, allait s’emparer de cette horloge, quand un rire strident éclata derrière lui ; il se retourna, et, à la lueur d’une lampe fumeuse, il reconnut le petit vieillard de Genève !
« Vous ici ? » s’écria-t-il.
Gérande eut peur, et, s’il faut le dire, non moins peur de son père que de cette singulière créature. Elle se pressa contre son fiancé.
« Bonjour, maître Zacharius, fit le petit homme.
– Qui êtes-vous ?
– Le seigneur Pittonaccio, pour vous servir ! Vous êtes venu me donner votre fille ; vous vous êtes souvenu de mes paroles : Gérande n’épousera pas Aubert. »
Le jeune ouvrier s’élança sur Pittonaccio, qui lui échappa comme une ombre.
« Arrête, Aubert ! dit maître Zacharius avec violence.
– Bonne nuit, fit Pittonaccio, qui disparut en laissant après lui la plus profonde obscurité.
– Mon père, s’écria Gérande, fuyons ces lieux maudits !... Mon père !... »
Maître Zacharius n’était plus là, et poursuivait à travers les étages effondrés le fantôme de Pittonaccio. Scholastique, Aubert et Gérande demeurèrent tremblants dans cette salle immense ; la jeune fille était tombée sur un fauteuil de pierre ; la vieille servante s’agenouilla près d’elle et pria ; Aubert demeura debout à veiller sur elle ; de pâles lueurs serpentaient dans l’ombre, et le silence n’était interrompu que par le travail de ces petits animaux qui rongent les bois antiques, et que l’on croit être le bruit de l’horloge de la mort.
Aux premiers rayons du jour, ils s’aventurèrent tous trois par les escaliers sans fin qui circulaient sous cet amas de pierres. Pendant deux heures, ils errèrent ainsi sans rencontrer âme qui vive, et n’entendant qu’un écho lointain répondre à leurs cris : « Mon père ! – Maître Zacharius ! » Tantôt ils se trouvaient enfouis à cent pieds sous terre, tantôt ils dominaient de haut ces montagnes sauvages.
Le hasard les ramena enfin à la vaste salle qui les avait abrités pendant cette nuit d’angoisses ; mais elle n’était plus vide ; maître Zacharius et Pittonaccio y causaient gravement ensemble, l’un debout et raide comme un cadavre, l’autre accroupi sur une table de marbre. Zacharius, ayant aperçu Gérande, vint la prendre par la main et la conduisit vers Pittonaccio en lui disant :
« Voilà ton maître et seigneur, ma fille ! Gérande, voilà ton époux ! »
Gérande frissonna de la tête aux pieds.
« Jamais ! s’écria Aubert, car elle est ma fiancée.
– Jamais ! » répondit le coeur de Gérande comme un écho plaintif.
Pittonaccio se prit à rire.
« Vous voulez donc ma mort ? s’écria le vieillard. Là est enfermée ma vie, et cet homme m’a dit : "Quand j’aurai ta fille, cette horloge t’appartiendra." Et cet homme ne veut pas la remonter ; il peut la briser à sa fantaisie et me précipiter dans la mort ! Ah ! ma fille ! tu ne m’aimerais plus ?
– Mon père ! soupira Gérande en reprenant ses sens.
– Si tu savais combien j’ai souffert loin de ce principe de mon existence ! Peut-être ne soignait-on pas cette horloge ; peut-être laissait-on ses ressorts s’user et ses rouages s’embarrasser ; mais maintenant, de mes propres mains, vais l’huiler et la régler ; je veux soutenir cette santé si chère, car il ne faut pas que je meure, moi, le grand horloger de Genève et du monde ! Regarde, ma fille, comme ces aiguilles avancent d’un pas ferme et sûr. Tiens, voici cinq heures qui vont sonner, écoute bien, et vois la belle maxime qui va s’offrir à tes yeux. »
Cinq heures tintèrent au clocher de l’horloge avec un bruit étrange, qui résonna douloureusement dans l’âme de Gérande, et ces mots parurent en lettres rouges :
Il faut manger les fruits de l’arbre de science.
Aubert et Gérande se regardèrent avec une stupéfaction terrible. Ce n’étaient plus les orthodoxes devises de l’horloger catholique ; il fallait que le souffle de Satan eût passé par là. Mais Zacharius n’y prenait plus garde, et il reprit :
« Entends-tu, ma Gérande ? Je vis, je vis encore ! Écoute ma respiration égale ; vois le sang circuler dans mes veines !... Non ! tu ne voudrais pas tuer ton père, et tu accepteras cet homme pour époux, afin que je devienne centenaire et que j’atteigne à la puissance de Dieu ! »
À ces mots impies, la vieille Scholastique se signa et Pittonaccio poussa un rugissement de damné !
« Et puis, Gérande, tu seras heureuse avec lui ! Vois cet homme, c’est le Temps ; ton existence sera réglée avec une précision bien douce à l’âme ! Gérande ! puisque je t’ai donné la vie, rends la vie à ton père !
– Gérande, murmura Aubert, je suis ton fiancé !
– Ami, c’est mon père ! répondit Gérande en s’affaissant sur elle-même.
– Elle est à toi ! dit maître Zacharius ; Pittonaccio, tu tiendras ta promesse !
– Voici la clef de cette horloge », répondit le petit vieillard.
Zacharius s’empara d’une longue clef, qui ressemblait à une couleuvre déroulée ; il courut à l’horloge, qu’il se mit à monter avec une vélocité fantastique. Le grincement du ressort faisait mal aux nerfs. L’horloger tournait, tournait toujours, sans que son bras s’arrêtât ; il semblait que ce mouvement de rotation fût indépendant de sa volonté. Il tourna ainsi de plus en plus vite, avec des contorsions étranges, jusqu’à ce qu’il tombât de lassitude.
« La voilà montée pour un siècle ! » s’écria-t-il avec une joie terrible.
Aubert sortit de la salle comme fou. Après de longs détours, il trouva l’issue de cette demeure maudite et s’élança dans la campagne. Il revint à l’ermitage de Notre-Dame du Sex ; il parla au saint homme avec des paroles si désespérées, que celui-ci consentit à l’accompagner le soir même au château d’Andernatt.
Si, pendant ces heures d’angoisses, Gérande n’avait pas pleuré, c’est que les larmes s’étaient épuisées dans ses yeux. Maître Zacharius ne quittait pas cette immense salle ; il venait à chaque minute écouter les battements réguliers de la vieille horloge, et souriait avec une joie épouvantable. Cependant, dix heures avaient sonné, et, à la grande frayeur de Scholastique, ces mots étaient apparus sur le cadre d’argent :
L’homme peut devenir l’égal de Dieu.
Non seulement le vieillard n’était plus choqué par ces maximes odieuses, mais il les lisait avec délice et se complaisait à ces pensées d’orgueil, tandis que Pittonaccio tournait en rond autour de lui et l’enlaçait de replis tortueux et fantastiques.
L’acte de mariage devait se signer à minuit. Gérande, presque inanimée, ne voyait, n’entendait et ne comprenait qu’à peine ; Le silence n’était interrompu que par les gémissements du vieillard et les ricanements de Pittonaccio, dont plus d’une fois les ongles s’allongèrent immodérément.
Onze heures sonnèrent ; Zacharius tressaillit, et d’une voix joyeuse lut ces blasphèmes :
L’homme doit être l’esclave de la science,
et pour elle sacrifier parents et famille.
« Oui, s’écria-t-il, il n’y a que la science en ce monde ! »
Les aiguilles serpentaient sur ce cadran de fer avec des sifflements de vipère ; le mouvement de l’horloge battait à coups précipités et lugubres.
Maître Zacharius ne parlait plus, il râlait, et de sa poitrine oppressée il ne sortait que ces paroles entrecoupées :
« L’existence ! – La vie ! la science ! »
Cette scène avait deux nouveaux témoins : l’ermite et Aubert. Zacharius était debout, Pittonaccio accroupi, Gérande étendue plus morte que vive ; Scholastique priait.
Soudain, on entendit le bruit sec qui précède la sonnerie des heures. Zacharius se redressa.
« Voilà minuit ! » dit-il.
L’ermite étendit la main vers la vieille horloge, et minuit ne sonna pas. Maître Zacharius poussa alors un cri funèbre qui dut être entendu de l’enfer, lorsque ces mots apparurent :
Qui tentera de se faire l’égal de Dieu,
sera damné pour l’éternité !
La vieille horloge éclata avec un bruit de foudre ; le ressort s’en échappa et sauta à travers la salle avec mille contorsions fantastiques. Le vieillard courut après ; il cherchait en vain à le saisir ; il s’écriait :
« Mon âme ! mon âme ! »
Le ressort infernal sautait devant lui et rebondissait avec d’effrayantes grimaces. Mais voici que Pittonaccio le saisit soudain, et, avec un horrible blasphème, s’engloutit sous terre.
Maître Zacharius tomba à la renverse. Il était mort.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Le corps de l’horloger ne fut pas inhumé en terre sainte, mais au milieu des pics incultes d’Andernatt, et puis Aubert et Gérande revinrent prier pour lui à Genève, pendant les longues années de bonheur que Dieu leur accorda sur la terre ; – juste récompense de l’humilité chrétienne par laquelle ils s’efforçaient d’expier l’orgueil et de racheter l’âme du réprouvé de la science.
1854.
Maître Zacharius III
Maître Zacharius ou l’horloger
qui avait perdu son âme
TRADITION GENEVOISE
par
Jules VERNE
(Cont.)
III
UNE VISITE ÉTRANGE
qui avait perdu son âme
TRADITION GENEVOISE
par
Jules VERNE
(Cont.)
III
UNE VISITE ÉTRANGE
La pauvre Gérande aurait vu sa vie s’éteindre avec celle de son père, sans la pensée d’Aubert Thün, qui la rattachait au monde ; aussi son existence se partageait entre les soins donnés à maître Zacharius, et les innocents sourires qu’elle laissait surprendre au jeune ouvrier.
Le vieil horloger s’en allait peu à peu ; ses facultés tendaient à s’amoindrir en se concentrant sur un thème unique : par une funeste association d’idées, il ramenait tout à sa monomanie ; la vie terrestre semblait s’être retirée de lui pour faire place à cette existence fantastique des ombres et puissances intermédiaires ; aussi, quelques rivaux malintentionnés ravivèrent-ils les bruits diaboliques répandus sur les travaux de maître Zacharius.
La nouvelle des symptômes surnaturels qu’éprouvaient ses montres fit un effet prodigieux parmi les maîtres horlogers de Genève. Que signifiait cette soudaine inertie et les singuliers rapports qu’elle paraissait avoir avec la vie de Zacharius ? C’étaient là de ces mystères que l’on n’envisage jamais sans une secrète terreur. Comme les diverses classes de la ville, depuis l’apprenti jusqu’au seigneur, se servaient des montres du vieil horloger, il ne fut personne qui ne jugeât par lui-même l’étrangeté du fait, car ce bizarre accident se renouvelait généralement. On voulut, mais en vain, pénétrer jusqu’à maître Zacharius ; celui-ci tomba fort malade, et sa fille parvint à le soustraire à ces visites incessantes, qui dégénéraient en reproches et en récriminations.
Les médecines et les médecins furent impuissants vis-à-vis de ce dépérissement inorganique, dont la cause leur échappait invinciblement. Il semblait parfois que le coeur du vieillard cessât de battre, et puis ses battements se reprenaient à recommencer.
La coutume existait, dès lors, de soumettre les oeuvres des maîtres à l’appréciation du populaire, après un certain laps de temps. Les chefs des différentes maîtrises cherchaient à s’y distinguer par la nouveauté ou la perfection de leurs ouvrages. Ce fut parmi eux que l’état de maître Zacharius rencontra la plus bruyante pitié, mais une pitié intéressée ; ses rivaux le plaignaient d’autant plus volontiers qu’ils le redoutaient moins. Ils se souvenaient toujours de ses magnifiques horloges à sujets mouvants, ces montres à sonnerie, qui faisaient l’admiration générale et atteignaient aux prix les plus élevés dans les villes de France, de Suisse et d’Allemagne.
Grâce aux soins constants de Gérande et d’Aubert, la santé de maître Zacharius parut se raffermir un peu, et dans cette sorte de quiétude que lui laissa sa convalescence, il put jeter un coup d’oeil sur sa vie et se détacher des pensées qui l’absorbaient. Sa fille l’entraîna au-dehors de sa maison, pour qu’il se retrempât dans les rayons du soleil de printemps. D’ailleurs, il importait qu’il s’éloignât de ce logis, où les pratiques mécontentes affluaient constamment. Aubert demeurait à l’atelier, montant et remontant inutilement ces montres rebelles. Il se prenait quelquefois la tête à deux mains, avec la crainte de devenir fou, comme son maître.
Gérande dirigeait alors les pas de son père du côté des plus riantes promenades de la ville ; tantôt, soutenant le bras de maître Zacharius, elle prenait par Saint-Antoine, d’où la vue s’étendait sur le coteau de Coligny et sur le lac jusqu’à Yvoire en Savoie ; quelquefois, par les belles matinées, on pouvait apercevoir les pics gigantesques du mont Buet se dresser à l’horizon. Gérande nommait par leur nom tous ces lieux presque inconnus de son père, dont la mémoire semblait déroutée, et il éprouvait un plaisir d’enfant à apprendre toutes ces choses, dont le souvenir s’était égaré dans sa tête ; ou bien, la jeune fille s’en allait par le chemin de Ferney admirer la cime orgueilleuse du Mont-Blanc ; elle ramenait dans l’esprit de Maître Zacharius les pensées inactives, et ces deux chevelures, blanche et blonde, se confondaient dans le même rayon du soleil couchant.
Rien, en effet, ne pouvait être plus dangereux pour le vieillard que la solitude ; car il en est ainsi de l’homme, il compare tout à lui-même, et lui-même à tout, et dès lors le bonheur et le malheur ne tiennent plus qu’aux objets auxquels il se compare.
Un autre résultat se produisait aussi dans cet esprit qui se reprenait à penser : le vieil horloger s’aperçut qu’il n’était pas seul en ce monde ; en voyant sa fille jeune et belle, lui vieux et brisé, il songea qu’après sa mort elle resterait seule et sans appui, et il regarda autour de lui et autour d’elle. Bien des jeunes ouvriers de Genève l’avaient déjà courtisée ; mais aucun n’avait eu accès dans la retraite impénétrable où vivait cette famille ; il fut donc tout naturel que, dans cette éclaircie de son existence, le choix du vieillard s’arrêtât sur le bon Aubert Thün. Une fois lancé sur cette pensée, il remarqua que ces deux jeunes gens, élevés dans les mêmes idées et les mêmes croyances, étaient réunis dans certains courants sympathiques et les oscillations de leur coeur lui parurent isochrones, comme il le dit un jour à Scholastique.
La vieille servante, littéralement enchantée, jura par sa sainte patronne que la ville entière le saurait avant un quart d’heure ; maître Zacharius eut grand-peine à la calmer, et obtint d’elle enfin de tenir sur ce secret un silence qu’elle ne garda jamais.
Si bien qu’à l’insu de Gérande et d’Aubert, on causait déjà dans tout Genève de leur union prochaine ; mais il advint aussi que, pendant ces conversations, on entendait souvent un ricanement singulier et une voix qui disait :
« Gérande n’épousera pas Aubert. »
Si les causeurs se retournaient, ils se trouvaient en face d’un petit vieillard qu’ils ne connaissaient pas.
Quel âge avait cet être singulier ? Personne n’eût pu le dire ! On devinait qu’il devait exister depuis un grand nombre d’années ou de siècles, mais voilà tout. Une grosse tête écrasée reposait sur des épaules dont la largeur égalait la hauteur de son corps ; il n’excédait pas trois pieds ; ce personnage eût fait bonne figure sur un support en façon de pendule : le cadran se fût naturellement placé sur sa face, et le balancier aurait oscillé à son aise dans sa poitrine ; on eût pris son nez pour le style d’un cadran solaire, tant il était mince et aigu ; ses dents écartées et à surface épicycloïque ressemblaient aux engrenages d’une roue et grinçaient entre ses lèvres ; sa voix avait le son métallique d’un timbre, et l’on pouvait entendre son coeur battre comme le tic-tac d’une horloge. Ce petit homme, dont les bras se mouvaient à l’instar des aiguilles sur un cadran, marchait lentement et par saccades, sans se retourner jamais ; le suivait-on, on trouvait qu’il faisait une lieue par heure, et sa marche était à peu près circulaire.
Il y avait peu de temps qu’il errait, ou plutôt tournait par la ville ; chaque jour, au moment où le soleil passait au méridien, il s’arrêtait devant la cathédrale de Saint-Pierre et reprenait sa route après les douze coups de midi ; hormis ce moment précis, il semblait surgir dans toutes les conversations où l’on s’occupait du vieil horloger, et l’on se demandait, avec effroi, quel rapport pouvait exister entre maître Zacharius et cet être inexplicable. Au surplus, on remarquait qu’il ne perdait pas de vue le vieillard et sa fille dans leurs promenades nouvelles.
Un jour, sur la Treille, Gérande l’aperçut qui la regardait en riant ; elle se pressa contre son père avec un mouvement d’effroi.
« Qu’as-tu, ma Gérande ? demanda maître Zacharius.
– Je ne sais, répondit inattentivement la jeune fille.
– Je te trouve changée, mon enfant ! Voilà donc que tu vas tomber malade à ton tour ? Tant mieux, ajouta-t-il avec un triste sourire, il faudra que je te soigne, et cela me rendra peut-être la santé.
– Oh ! mon père, ce n’est rien ; j’ai froid ; j’imagine que c’est....
– Eh quoi ? Parleras-tu, Gérande ?
– La présence de cet homme qui nous suit sans cesse », répondit-elle à voix basse.
Maître Zacharius se retourna vers le petit vieillard.
« Ma foi, il va bien, dit-il avec un air de satisfaction : il est justement quatre heures. Ne crains rien, ma fille, ce n’est pas un homme, c’est une horloge ! »
Gérande regarda son père avec terreur. Comment maître Zacharius avait-il pu lire l’heure sur le visage de cette créature ?
« À propos, continua le vieil horloger, sans plus s’occuper de cet incident, je ne vois pas Aubert depuis quelques jours.
– Il ne nous quitte cependant pas, mon père, répondit Gérande, dont les pensées, à ce nom chér, prirent une teinte plus douce et plus lumineuse.
– Que fait-il, alors ?
– Il travaille, mon père.
– Ah ! il travaille à réparer mes montres, n’est-il pas vrai ? Mais il n’y parviendra jamais ; car ce n’est pas une réparation, mais bien une résurrection ! »
Gérande demeura silencieuse.
« Il faudra que je m’informe s’il n’a pas été rapporté de ces montres damnées sur lesquelles le diable a jeté une épidémie ! »
Puis, après ces mots, maître Zacharius tomba dans un mutisme absolu, jusqu’au moment où il heurta la porte de son logis. Pour la première fois, tandis que Gérande regagnait tristement sa chambre, il descendit à son atelier ; au moment où il en franchissait la porte, une des nombreuses horloges suspendues au mur vint à sonner cinq heures ; ordinairement, ces différentes sonneries, admirablement réglées, se faisaient entendre ensemble, et la concordance de leur son réjouissait le coeur du vieillard ; mais, ce jour-là, tous ces timbres tintèrent les uns après les autres avec une grande irrégularité, si bien que pendant un quart d’heure l’oreille fut assourdie par leurs bruits successifs. Maître Zacharius souffrait affreusement ; il ne pouvait tenir en place ; il allait de l’une à l’autre de ces horloges, les suppliant en vain de sonner en mesure, comme un chef d’orchestre qui ne serait plus maître de ses musiciens.
Lorsque le dernier son vint à mourir, la porte de l’atelier s’ouvrit, et maître Zacharius frissonna de la tête aux pieds en voyant devant lui le petit vieillard, qui le regarda fixement et lui dit :
« Maître, ne puis-je m’entretenir quelques instants avec vous ?
– Qui êtes-vous ? demanda brusquement l’horloger.
– Un confrère, et rien de plus. C’est moi qui suis chargé de régler le soleil.
– C’est vous qui réglez le soleil ? répliqua vivement maître Zacharius sans sourciller ; eh bien, je ne vous en complimenterai guère ! Votre soleil va mal, et pour nous trouver d’accord avec lui, nous sommes obligés tantôt d’avancer nos horloges et tantôt de les retarder !
– Et par le pied fourchu du diable ! vous avez raison, mon maître : mon soleil ne marque pas toujours midi à la même heure ; mais bientôt on saura que cela vient du mouvement de la terre autour de lui, et l’on inventera une sorte de jour moyen qui équilibrera ces différences.
– Eh ! vivrai-je encore à cette époque ? demanda le vieil horloger, dont les yeux s’animaient.
– Sans doute, répliqua le petit vieillard en riant ; est-ce que vous pouvez croire que vous mourrez, vous ?
– Hélas ! je suis pourtant bien malade !
– Au fait, causons de cela. Par Belzébuth ! cela nous mènera à ce dont je veux vous parler. »
Et ce disant, cet être bizarre sauta sans façon sur le vieux fauteuil de cuir et ramena ses jambes l’une sous l’autre, à la façon de ces os décharnés qui se croisent sous les têtes de mort ; puis il reprit avec un ton ironique :
« Voyons, ça, maître Zacharius, que se passe-t-il donc dans cette bonne ville de Genève ? On dit que votre santé s’altère, que vos montres ont besoin de médecine !
– Enfin vous voyez, vous, qu’il y a un rapport intime entre leur existence et la mienne ? s’écria Zacharius.
– Moi, j’imagine qu’elles ont des défauts, des vices même. Si ces gaillardes-là n’ont pas une conduite fort régulière, il est juste qu’elles portent la peine de leur dérèglement ; il m’est avis qu’elles auraient besoin de se ranger un peu.
– Qu’appelez-vous des vices ? fit maître Zacharius en rougissant du ton sarcastique avec lequel ces paroles avaient été prononcées. Est-ce qu’elles n’ont pas le droit d’être fières de leur naissance et de leur beauté ?
– Pas trop, pas trop, elles portent un nom célèbre, et sur leur cadran se grave une signature illustre dans le monde ; elles ont le privilège exclusif de s’introduire parmi les plus nobles familles, de présider à leurs décisions et d’en régler les objets divers. Eh bien, ne pensez-vous pas qu’elles aient à se plaindre en voyant votre découragement et votre impuissance ; car maintenant, maître Zacharius, le plus inhabile des apprentis de Genève vous en remontrerait.
– À moi, à moi ? maître Zacharius ? s’écria le vieillard avec un terrible mouvement d’orgueil.
– À vous, maître Zacharius, qui ne pouvez rendre la vie à vos montres !
– Mais c’est que j’ai la fièvre, répondit le vieil horloger, tandis qu’une sueur froide lui courait par tous les membres.
– Eh bien, elles mourront avec vous, puisque vous êtes si empêché de redonner l’élasticité à vos ressorts !
– Mourir ! Non pas, vous l’avez dit ; je ne peux pas mourir, moi, le premier horloger du monde ; moi qui, au moyen de ces pièces de toutes sortes et de ces rouages divers, ai su régler le mouvement ! N’ai-je donc pas assujetti l’infini à des lois exactes, et ne puis-je en disposer en souverain ? Avant qu’une main habile, un sublime génie vînt disposer régulièrement ces heures égarées, dans quel vague immense était plongée la destinée humaine ? À quel mouvement certain pouvaient se rapporter les actes de la vie ? Mais vous, homme ou diable, qui que vous soyez, vous n’avez donc jamais songé à la magnificence de notre art, qui appelle toutes les sciences à son aide, embrasse toute l’existence humaine et se mêle invinciblement à ses théories et à ses pratiques ? Non ! non ! maître Zacharius ne peut pas mourir ! car, puisque j’ai réglé le temps, le temps finirait avec moi ; il retournerait à cet infini, dont mon génie a su l’arracher, et se perdrait irréparablement dans le gouffre sans fond du néant. Non, je ne puis pas plus mourir que le Créateur de cet univers soumis à mes lois ; je suis devenu son égal, et j’ai partagé sa puissance : maître Zacharius a créé le temps, si Dieu a créé l’éternité. »
Le vieil horloger ressemblait alors à l’ange déchu, et d’orgueilleux rayons se croisaient au-dessus de sa tête. Le petit vieillard le caressait du regard, et semblait lui souffler tout cet emportement impie.
« Bien dit, maître, répliqua-t-il sérieusement : Belzébuth avait moins de droits que vous de se comparer à Dieu ! Il ne faut pas que votre gloire périsse ; aussi votre serviteur veut-il vous donner le moyen de dompter ces montres rebelles.
– Quel est-il ? quel est-il ? s’écria Zacharius.
– Vous le saurez le lendemain du jour où vous m’aurez accordé la main de votre fille.
– Ma fille Gérande ?
– Elle-même !
– Le coeur de ma fille n’est pas libre, répondit sérieusement Zacharius à cette demande, qui ne parut ni le choquer ni l’étonner.
– Bah !... Ce n’est pas la moins belle de vos horloges ; mais elle finira par s’arrêter aussi.
– Ma fille, ma Gérande !... Jamais !...
– Eh bien, travaillez, maître Zacharius ; montez et démontez vos montres ; préparez le mariage de votre fille et de votre ouvrier !... Trempez des ressorts faits de votre meilleur acier ; bénissez votre gendre et sa belle fiancée, mais souvenez-vous que vos montres ne marcheront jamais et que Gérande n’épousera pas Aubert ! »
Et là-dessus, le petit vieillard ricana et sortit, mais pas si vite que maître Zacharius ne pût entendre sonner six heures dans sa poitrine.
(à suivre)
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